top of page

La barbotina se está mezclando

Foto del escritor: Andrea Chivatá Martín
Andrea Chivatá Martín
5 oct
10 min de lectura


Una historia de oficio, diseño y una empresa familiar que aprendió a mirarse de otra manera


EL CORAZÓN DE LA FÁBRICA


Había un sonido que anunciaba que la fábrica estaba viva.


Era el de la mezcladora de barbotina.


Podía escucharlo desde distintos lugares de la casa. Era un sonido constante, pesado, casi como si la empresa tuviera un corazón propio. Mientras la mezcladora trabajaba, alguien estaba preparando moldes, otra persona sacaba piezas, alguien más las llevaba a secar y, en algún lugar, mi mamá probablemente estaba pintando.


La fábrica y la casa estaban juntas. Durante mi infancia no había una frontera muy clara entre una cosa y la otra. Había cerámica en todas partes: moldes de yeso, piezas esperando ser terminadas, pinturas, cajas, herramientas, hornos, polvo.

Crecí ahí.


Para mí no era una empresa.


Era mi casa.


Muchos años después entendí que también había sido mi primera escuela de Diseño Industrial, aunque en ese momento no tenía idea de lo que significaba diseñar.


Mis padres, Delfina Martín y Ángel Chivatá, habían construido ese mundo mucho antes de que yo pudiera ponerle nombre. Mi papá había aprendido a fabricar bizcochos de cerámica y comenzó produciendo piezas para otros comerciantes. Mi mamá llegó inicialmente como clienta: compraba los bizcochos, los pintaba y los comercializaba. Paso a paso, los dos fueron construyendo una empresa familiar que terminó siendo mucho más que un taller.


Facerlamp Cerámicas sostuvo nuestra familia durante años.


Allí estaban los ingresos para la casa, los estudios, el colegio, el auto. Allí estaban también las preocupaciones, los pedidos que había que entregar, los hornos que había que cargar y las jornadas que podían terminar muy tarde.


Mi mamá lleva prácticamente toda mi vida vinculada a la cerámica. Hoy, con 34 años de trayectoria, sigue pintando piezas y trabajando con clientes.


Mi papá también continúa trabajando el oficio desde su taller en Simijaca, fabricando bizcochos, lámparas y esculturas.


Quizás por eso esta historia no comienza realmente cuando yo estudié Diseño Industrial.


Comienza mucho antes.


Comienza con ellos.





ANTES DEL DISEÑO


Mi papá aprendió haciendo.


Primero fueron los bizcochos. Después llegaron los clientes, las formas, los moldes y las necesidades que iban apareciendo. Mi mamá comenzó a involucrarse desde la pintura y la comercialización, y poco a poco la empresa fue creciendo.


La fábrica llegó a tener una producción importante y un equipo de personas que conocían muy bien cada parte del proceso.


Yo observaba.


A veces ayudaba.


Recuerdo estar cerca de los moldes, de las piezas y de los trabajadores. Recuerdo acompañar a mis padres. Recuerdo los hornos y las jornadas largas.


También recuerdo algo que ahora me parece muy significativo: muchas cosas simplemente se hacían.


No había una reunión para decidir cómo debía comportarse un molde.


No necesariamente existía un documento que explicara cómo debía prepararse una mezcla.


No siempre había una ficha técnica.


Había experiencia.


Había memoria.


Había mañas.


Había personas que sabían.


La persona que llevaba años trabajando con determinada pieza sabía cuánto tiempo debía esperar. Sabía cómo manipularla. Sabía reconocer cuándo algo estaba mal.


Ese conocimiento estaba en las manos.


Yo todavía no sabía que eso también era diseño.


Cuando entré a estudiar Diseño Industrial, empecé a aprender palabras para describir problemas que había visto toda mi vida.


Ergonomía.


Procesos.


Materiales.


Desarrollo de producto.


Cadena de valor.


Prototipado.


Sistematización.


De repente, aquello que para mí había sido simplemente “la fábrica de mis papás” empezó a convertirse en un sistema que podía observar.


Y entonces ocurrió algo extraño.


Volví a mirar mi propia infancia como diseñadora.





MIRAR DE NUEVO


En séptimo semestre de la universidad apareció la posibilidad de aplicar lo que estaba aprendiendo en la empresa familiar.


Pero la fábrica ya no era la misma.


La empresa había pasado por diferentes momentos. La producción se había reducido y las condiciones que yo recordaba de niña habían cambiado.


Mi papá incluso había tenido que buscar otras formas de trabajo.


Mi mamá sostenía una producción más pequeña.


Y yo estaba llegando con una mirada completamente distinta.


No quería simplemente hacer un producto bonito.


Quería entender qué estaba pasando.


¿Por qué habíamos llegado hasta ahí?


¿Qué se podía recuperar?


¿Qué capacidades seguían existiendo?


¿Qué podía hacerse diferente?


Ahí empezó realmente mi experiencia con el Diseño Industrial.


Porque una de las primeras cosas que descubrí fue que diseñar no significaba necesariamente inventar algo que antes no existía.

A veces significaba mirar algo que ya existía y preguntarse por qué funcionaba de esa manera.

El primer paso fue observar.


Después aparecieron los productos.


Y entre ellos hubo uno que terminó convirtiéndose en una especie de puerta de entrada: el guayo.




EL GUAYO


El guayo llegó a partir de una necesidad concreta de un cliente de San Victorino.


El producto ya existía.


No partíamos de una hoja en blanco.


La pregunta era cómo podíamos hacerlo mejor.


La cerámica permitía darle otra presencia al objeto, pero pronto descubrimos que diseñar el guayo significaba resolver muchas más cosas que su forma.


Había que pensar en el acabado.


En la pintura.


En la resistencia.


En los materiales complementarios.


En la resina.


En el interior.


En los cordones.


En la presentación.


En la posibilidad de producirlo de manera consistente.


Y también en algo que parece obvio, pero que en una empresa pequeña puede convertirse rápidamente en un problema: ¿qué pasa si el producto funciona?


Porque una cosa es hacer diez piezas.


Otra muy diferente es recibir un pedido de cien.


Y otra es poder repetirlas con la misma calidad.


Una cosa es trabajar tú sola.


Otra, trabajar con un socio, Andrés.


Y otra cosa es estar a cargo de más de seis colaboradores. 


El guayo comenzó a moverse.


Primero dentro de Bogotá y después hacia otras ciudades: Cali, Armenia, Pereira, Manizales, Medellín, Pasto.


Cada pedido nos hacía nuevas preguntas.


Y esas preguntas empezaron a llevarnos mucho más lejos del objeto.


Si queríamos producir más, necesitábamos entender mejor los moldes.


Si queríamos mantener la calidad, necesitábamos controlar mejor los procesos.


Si queríamos calcular los costos, necesitábamos saber cuánto material utilizábamos.


Si queríamos cumplir los tiempos, necesitábamos conocer cuánto demoraba realmente cada etapa.


Y así ocurrió algo que no habíamos planeado.


El diseño de un objeto comenzó a revelar la necesidad de diseñar el sistema que lo hacía posible.



LA MATERIA DELATA


La cerámica tiene una característica particular.


Te delata.


Puedes intentar esconder un error durante una etapa del proceso, pero probablemente aparecerá después.


Una pieza demasiado gruesa puede tardar más en secar.


Un problema en el secado puede aparecer durante la cocción.


Una mala preparación puede convertirse en una falla.


Una pintura puede revelar un problema de superficie.


Una resina puede mostrar que algo anterior no estaba funcionando bien.


La pieza terminada es, de alguna manera, el registro de todo lo que ocurrió antes.


Por eso empezamos a mirar el proceso completo.


La barbotina.


Los moldes.


Los espesores.


El secado.


El estado de cuero.


El pulido.


La pintura.


La cocción.


La resina.


El empaque.


La entrega.


Y empezamos a entender que el diseño no estaba solamente en la forma del objeto.


Estaba en cada una de esas decisiones.


También estaba en las personas.


Ese fue uno de los aprendizajes que más me marcó.


Yo podía llegar con herramientas de la universidad, pero los trabajadores tenían algo que no podía aprender en un libro: años de experiencia con la materia.

Sabían cosas que no estaban escritas.


Sabían reconocer problemas.


Sabían cuándo una pieza no estaba bien.


Sabían cómo resolver determinadas situaciones.


Entonces mi trabajo no podía consistir en llegar a decirles cómo hacer las cosas.


Tenía que aprender a preguntar.


¿Por qué lo hacemos así?


¿Qué pasa si lo hacemos de otra manera?


¿Qué problema estamos tratando de evitar?


¿Qué pasa después?


Y también apareció una frase que se convirtió en una especie de principio de trabajo:


“Si usted encuentra una forma mejor de hacerlo, dígamelo.”


No significaba que cualquier propuesta fuera automáticamente correcta.


Significaba abrir la puerta.


Permitir que el conocimiento circulara.


Porque muchas veces quien está todos los días frente a un molde ve primero un problema que quien dirige la empresa.


El diseño también podía venir desde ahí.




LAS MANOS


Durante mi formación aprendí que los procesos podían diagramarse.


Podían medirse.


Podían representarse.


Podían organizarse.


Pero en el taller descubrí que también podían sentirse.


Había conocimientos que estaban literalmente en las manos de las personas.


Y ahí apareció una tensión que me interesa mucho cuando pienso en la relación entre diseño y oficio.


¿Cómo profesionalizar sin borrar el conocimiento existente?


¿Cómo mejorar un proceso sin desvalorizar a quien lo ha construido durante años?


¿Cómo introducir una nueva metodología sin decirle a una persona que todo lo que aprendió antes estaba mal?


Mi respuesta fue observar primero.


Escuchar.


Registrar.


Probar.


Y volver a observar.


Paso a paso empezamos a materializar el know-how.


Lo que estaba en la cabeza comenzó a quedar registrado.


Lo que parecía una “maña” empezó a convertirse en una decisión que podía explicarse.


Los tiempos podían compararse.


Los materiales podían medirse.


Los problemas podían identificarse.


Y cuando algo se podía ver con claridad, también se podía empezar a mejorar.


No necesitábamos necesariamente grandes tecnologías.


Muchas veces bastaban herramientas sencillas: Excel, Word, PowerPoint, formularios, fotografías, plantillas.


El cambio no estaba en tener la herramienta más sofisticada.


Estaba en comenzar a mirar de manera sistemática.




SUSTANCIA


En ese proceso nació Sustancia Cerámica.


Y hoy creo que el nombre representaba mucho más de lo que entendía en ese momento.


Porque ya no estaba hablando solamente de una fábrica que producía objetos.


Habíamos comenzado a construir otra manera de entender la empresa.

El desarrollo de productos abrió nuevos clientes.


Los nuevos clientes exigieron nuevos procesos.


Los nuevos procesos exigieron organización.


La organización exigió información.


Y la información permitió tomar mejores decisiones.


La empresa llegó a trabajar con un equipo de alrededor de nueve personas y a atender clientes en diferentes ciudades.


También comenzamos a tercerizar para otros su producción, a organizar mejor las capacidades y a buscar maneras de responder a una demanda que ya no estaba limitada al barrio o a la ciudad.


Pero hubo otro cambio que para mí fue igual de importante.


Empezamos a pensar en las personas.


Porque una empresa no crece solamente cuando vende más.


También tiene que preguntarse qué significa ese crecimiento para quienes trabajan allí.


¿Cómo se distribuye el trabajo?


¿Dónde están las sobrecargas?


¿Qué tareas podrían hacerse mejor?


¿Qué puede aprender una persona de otra?


¿Qué conocimientos se están perdiendo?


Para mí, el diseño tenía que estar también ahí.


No entendía la innovación como una carrera para producir más rápido a cualquier costo.


Me interesaba encontrar una manera de crecer sin perder aquello que hacía posible el oficio.





LO QUE NO SE DISEÑA


La cerámica también me enseñó que no todo se puede acelerar.


Puedes mejorar un molde.


Puedes organizar una línea de producción.


Puedes reducir desperdicios.


Puedes planificar los pedidos.


Puedes controlar materiales.


Pero hay cosas que siguen teniendo su propio tiempo.


El barro necesita secarse.


El horno necesita alcanzar determinadas condiciones.


La pieza necesita pasar por una transformación que no puedes simplemente saltarte.


Eso me hizo pensar mucho en lo que significa optimizar un oficio.


A veces creemos que innovar es hacer todo más rápido.


Pero quizá no siempre.


Hay procesos que necesitan ser mejorados.


Y hay procesos que necesitan ser comprendidos antes de ser intervenidos.


Hay cosas que podemos diseñar.


Y hay otras que tenemos que aprender a respetar.


Eso también es diseño.


Saber cuándo intervenir.


Y saber cuándo dejar que la materia marque el ritmo.



DESPUÉS DE SUSTANCIA


Sustancia Cerámica terminó siendo una etapa de mi vida.


La empresa se vendió.


Yo seguí otros caminos.


Después vendría Chile, otros emprendimientos, proyectos de innovación, turismo, comunicación, formación y trabajo con diferentes organizaciones.


Pero la cerámica se quedó conmigo.


Me quedó una manera de mirar.


Cuando hoy trabajo con un emprendimiento pequeño, muchas veces vuelvo mentalmente a aquella fábrica.


Veo capacidades.


Veo procesos.


Veo conocimientos que no están escritos.


Veo personas que hacen cosas extraordinariamente bien, pero que quizás todavía no saben cómo comunicarlo.


Veo productos que podrían mejorar.


Pero también veo algo más importante:


veo lo que ya tienen.


Esa quizás fue una de las mayores enseñanzas que me dejó la experiencia.


Antes de preguntarnos qué nos falta, podemos preguntarnos qué capacidades ya existen.


Qué sabemos hacer.


Quién sabe hacerlo.


Qué materiales tenemos.


Qué clientes confían en nosotros.


Qué procesos funcionan.


Qué conocimientos están a punto de perderse.


Qué podemos medir.


Qué podemos documentar.


Y qué vale la pena conservar.




ÁNGEL Y DELFINA


Durante mucho tiempo pensé que esta era la historia de cómo una diseñadora había ayudado a transformar una empresa familiar.


Hoy ya no la veo así.


Porque cuando regreso al origen, me encuentro con mis padres.


Mi papá, Ángel, aprendiendo a fabricar bizcochos y construyendo desde la práctica un oficio que después se convertiría en la base económica de nuestra familia.


Mi mamá, Delfina, llegando primero como clienta, pintando piezas, vendiéndolas y construyendo con el tiempo una trayectoria propia dentro de la cerámica.


Ella lleva 34 años vinculada al oficio.


Yo tengo 34 años.


Prácticamente toda mi vida ha estado acompañada por sus manos pintando cerámica.


Y todavía hoy lo hace.


Mi papá también sigue trabajando.


Tiene su taller en Simijaca.


Sigue haciendo bizcochos, lámparas, esculturas.


El oficio no desapareció.


Cambió de forma.


Y quizás eso es lo que más me conmueve cuando miro hacia atrás.


Yo no llevé el diseño a aquella fábrica.


Llegué a descubrir que el diseño ya estaba allí.

Estaba en las manos de mi papá.


En las manos de mi mamá.


En las personas que trabajaban con ellos.


En los moldes que se repetían una y otra vez.


En las soluciones que habían nacido de la necesidad.


En las decisiones tomadas después de cometer un error.


En las piezas que tenían que salir antes del siguiente pedido.


En las noches cargando hornos.


En los viajes.


En las cajas.


En los clientes.


En nuestra casa.


Y estaba también en algo que tardé mucho tiempo en comprender: el oficio no es solamente una técnica. Es una forma de construir una vida.


Por eso, cuando me preguntan si en aquella experiencia diseñamos nuevos objetos o mejoramos procesos, mi respuesta ya no puede ser solamente una u otra.


Hicimos las dos cosas.


Pero, en el camino, descubrí algo más.


Que diseñar un objeto puede llevarte a diseñar un proceso.


Que diseñar un proceso puede llevarte a transformar una empresa.


Y que transformar una empresa no necesariamente significa alejarla de su origen.


A veces significa entender mejor ese origen para poder llevarlo hacia otro lugar.


Quizás eso es lo que hoy le diría a cualquier persona que tenga un pequeño taller de cerámica y quiera crecer:


mire primero hacia adentro.


Mire su historia.


Mire sus manos.


Mire a las personas que trabajan con usted.


Mire sus materiales.


Mire sus procesos.


Mire sus clientes.


Materialice el conocimiento que todavía vive solamente en la experiencia.


Regístrelo.


Mídalo.


Compárelo.


Pregunte.


Y no tenga miedo de cambiar aquello que puede mejorar.


Pero tampoco tenga miedo de conservar aquello que hace que su oficio sea suyo.


Porque innovar no siempre significa dejar atrás lo que somos.


A veces significa crear las condiciones para que aquello que sabemos hacer pueda seguir vivo.


Y quizá por eso, después de todos estos años, cuando pienso en la cerámica, vuelvo al mismo lugar.


A la mezcladora.


A su sonido.


A ese corazón de la fábrica que yo escuchaba cuando era niña sin saber todavía qué significaba.


Hoy sé que allí no solamente estaba comenzando una empresa.


También estaba comenzando una manera de mirar.


Y quizás, sin saberlo, allí también estaba comenzando mi forma de diseñar y de ver la vida.


Actualmente, vivo en Chile y desde la distancia, trabajamos en un proyecto familiar. Una marca linda, de la que pronto se sabrá más. 



Escrito por: @gotadebarro @andreachivatamar

Andrea Chivatá Martín 

Chile, 2026



Para profundizar

Este relato parte de la experiencia e investigación desarrollada por Andrea Chivatá Martín en su proyecto de grado de Diseño Industrial, donde profundiza en la sistematización de los procesos, el conocimiento construido desde el oficio y la transformación de una empresa familiar dedicada a la cerámica.

Si quieres conocer la investigación completa y explorar con mayor detalle este proceso, puedes consultar su proyecto de grado a continuación.


↓


 
 
 

Comentarios


bottom of page