El ÁRBOL CREATIVO DE LOS NIÑOS Y NIÑAS DE LA ESCUELA DEL BARRO*


Por Angie Ariza
Creado por:
Angie Ariza
Yuranis Oliveros
Los niños y niñas de la escuela del Barro
Luis Arévalo
Rafael Marfil Carmona
Lindas tinajeras, momento de mis amores, mujeres juanasancheras, orgullo entre las flores. Mi papá sacando el barro con su burro hasta la casa, después de ser pilado se limpia y también se amasa, lindas tinajeras, momento de mis amores, mujeres juanasancheras, orgullo entre las flores. - Gumercindo Palencia, compositor de Hatillo de Loba
Llegué a Mompox y luego a Juana Sánchez (Hatillo de Loba, Bolívar) a través de una residencia artística en la Casa Taller El Boga, en el año 2025, y volví en 2026 porque quería conocer más de su magia. Allí se resguarda el conocimiento de las tinajeras juanasancheras, cuatro maestras artesanas que construyen grandes tinajas modeladas manualmente con la técnica del velón, mientras avanza la exploración minera y, junto con ella, el uso del conocimiento del barro para el modelado en torno de crisoles, usados para fundir muestras minerales con mercurio en la búsqueda de oro.
Esta relación entre crisoles y tinajas es también una relación con el tiempo: con la espera o con la inmediatez. Mientras que elaborar una tinaja puede tardar una semana, sumado a lo que demora su quema en el horno, los crisoles, como la minería misma, parten de la inmediatez: se moldean decenas en un solo día, se venden en el mismo lugar, y así como se crean, se desechan en un solo uso. Mientras cada vez más jóvenes se interesan por la elaboración de crisoles en masa -que se venden con facilidad, aunque con un margen de ganancia mínimo-, navega contra la corriente una iniciativa autogestionada para proteger el oficio tinajero: la Escuela del Barro.
En esta bitácora comparto los resultados del proceso de creación realizado con los niños y niñas de la Escuela del Barro en el que partimos desde la premisa “¿Qué es necesario cuidar para proteger el oficio del barro en Juana Sánchez?”. Este proceso a/r/tográfico lo realizamos través de la fotografía y la pintura, acompañados por el corazón de la escuela: Yuranis, hija de Elizabeth, una de las maestras tinajeras y heredera de su legado y por nuestro maestro invitado Luis Arévalo, del Banco Magdalena.

La Escuela del Barro como recurso de afrontamiento
El saber alfarero habita en el pueblo, heredado de generación en generación desde los ancestros chimilas. Sin embargo, varios alfareros se han dedicado a otros oficios, como la carpintería o la panadería, por vocación o por rentabilidad. Hoy quedan cuatro maestras artesanas mayores activas: Elizabeth Pérez Garzón, Celia Molina, Temilda Molina y María de los Santos. ¿Cómo conservar el interés en la preservación de sus saberes?
Con esta pregunta como punto de partida, en enero de 2023 nació la Escuela del Barro, fruto de una alianza entre el Colectivo de Alfareras de Juana Sánchez -conformado por estas cuatro maestras y gestionado por Yuranis Olivero Pérez, hija de Elizabeth- y la plataforma cultural El Árbol del Magnolio, liderada por Ani Meza, escultora y artista plástica de Medellín. Cabe anotar que Ani también llegó a Juana Sánchez a través de la residencia artística Al Borde, la misma por la que llegó María Cano.
Yuranis es el corazón de la Escuela: cada sábado abre la sede -sostenida por El Árbol del Magnolio- a un semillero de unos 25 niños del pueblo que aprenden del barro y del sistema socioecológico juanasanchero. Ella se describe a sí misma como una soñadora; nació en Juana Sánchez, partió a los 14 años hacia Bucaramanga y Bogotá, y regresó a los 30, dando vida a la Escuela. Así, la Escuela del Barro combina una apuesta por la gobernanza cultural, la formación artística y la conservación ambiental (El Árbol del Magnolio, s.f.).

Por su parte, Ani Meza es el sostén de la Escuela: se ha encargado principalmente de gestionar los recursos que el proyecto ha necesitado para su mantenimiento. Ani y su proyecto El Árbol del Magnolio quieren ser semilla para las futuras generaciones: “¿A qué vinimos los seres humanos? A dejar una semilla, a dejar nuestro saber para otras generaciones. ¿Cuál es el sentido? Porque si no nos vamos a llevar nada, ¿qué estamos haciendo? Dejar algo es lo más importante para de verdad permanecer, trascender” (Ani Meza, entrevista, 2026).

Ani Meza llegó a Juana Sánchez junto a José Ignacio Vélez y un grupo de ceramistas del país, que fueron construyendo con el tiempo una relación de confianza con las maestras, ganada con reciprocidad en el saber recibido. Yuranis resalta además cómo el interés de quienes fueron llegando al corregimiento, al apreciar la particularidad del saber juanasanchero, fortaleció el orgullo local que la comunidad ya tenía sobre su propio patrimonio (Yuranis Olivero, entrevista, 2026).
Frente a este panorama, la Escuela del Barro no responde sólo con formación artística, sino que busca articularse con redes que fortalezcan la gobernanza y el intercambio, y ser un refugio sostenible ante el riesgo de perder el saber y el oficio.
A estos principios explícitos de la Escuela se suman otros que fueron emergiendo con la experiencia: la reciprocidad y la progresividad, principios éticos para un proceso que busca ser sostenible y fundamentarse en la confianza, la cual la Escuela llama “acuerdo de calma”, donde se prioriza el proceso sobre el resultado (El Árbol del Magnolio, s.f.).
Así lo describe Ani: “Fue pisando como cascaritas de huevo... nunca les hemos prometido mucho, sino que con el tiempo íbamos a ir haciendo algo con calma y depositando todo el saber que teníamos nosotros para ellos y ellos para con nosotros; teníamos que formar como una alianza en la que creyéramos de parte y parte” (Ani Meza, entrevista, 2026).
El Plan Semilla de la Escuela se hizo con diez jóvenes del corregimiento, incluyendo a Yuranis: un intercambio de conocimiento con ceramistas de la academia, dictado virtualmente durante la pandemia por tres maestros con temas como el uso de engobes y la construcción de piezas macizas y huecas. Posteriormente, el grupo fue formado de manera especializada por las propias maestras juanasancheras. También viajaron con algunos integrantes del semillero a El Carmen de Viboral, municipio colombiano reconocido por su elaboración cerámica y declarado Patrimonio Cultural Inmaterial de la Nación en 2023. La experiencia sirvió para poner en perspectiva la propia práctica: para Ani, el contraste con El Carmen de Viboral confirmó lo singular de Juana Sánchez, desde la composición misma de la arcilla hasta la técnica de modelado.

Ese semillero se fue convirtiendo en un grupo que hoy asiste constantemente a la Escuela. Su modelo pedagógico se basa en la exploración, cercana a la autoexpresión creativa: un espacio pedagógico que le apuesta a la “libertad, sensibilidad, creatividad y espontaneidad” (Agirre, 2005, citado en Rubio Fernández, 2021, p. 86). Yuranis cuenta cómo la exploración es el punto de partida: “La primera vez que vinimos fue como dejarlos explorar... la sensación de que yo vengo y ahí tenemos el barro y yo lo tiro y ellos se pelean por pisarlo porque ya les gusta” (Yuranis Oliveros Pérez, entrevista, 2026). Ani, por su parte, señala la curiosidad como la habilidad que permite aprender el oficio: “Hacerles dar ganas es como antojar al otro para que se vaya dando cuenta de lo importante de lo que tienen... eso los puede llevar a tener otra calidad de vida, a ser muy creativos” (Ani Meza, entrevista, 2026).
Confiar en el otro y fortalecer la confianza en uno mismo son condiciones del aprendizaje. Yuranis resalta que cuando alguien de afuera valora el oficio, esa mirada externa refuerza la noción del propio valor y permite ver en él algo que merece cuidado: la creencia en la propia capacidad se construye, en buena parte, a través del reconocimiento social, que no solo halaga, sino que habilita la disposición a seguir aprendiendo.
En este sentido, va cobrando fuerza la idea de que el trabajo artesanal requiere no solamente un pago justo, sino también una valoración social de su saber: “Yo visualizo mucho mi futuro y pienso que estas tinajas tienen que ser reconocidas en todas partes del mundo. Que Colombia sepa que existe Juana Sánchez” (Ani Meza, entrevista, 2026). Ese tránsito de la técnica al reconocimiento es, en el fondo, la construcción de un prestigio que no es intrínseco a la práctica, sino que se construye socialmente a medida que otros -compradores, instituciones, medios- la validan, y que termina siendo convertible en reconocimiento económico.
Uno de los mayores actos de reconocimiento social ha sido la edición del libro Tinajeras de barro y río y sus eventos de lanzamiento, que han llevado a estas cuatro maestras a distintas ciudades del país, y cuyas ganancias van directamente al fortalecimiento de su oficio. El libro, diseñado por el estudio Piedra Tijera Papel, reúne los textos de Olga Acosta, Eloísa Lamilla Guerrero, Cristina Acosta, Germán Ferro, Cristina Consuegra, Manuela del Alma, Andrea Pera, Fernando Cano Busquets y María Cano Casas, con fotografías de Fernando Cano Busquets e ilustraciones de Carlos Alfonso. Narra la vida cotidiana de las artesanas, su técnica, su territorio y sus recetas, y convierte un saber poco conocido en un libro-objeto capaz de circular en el panorama nacional de la alfarería y abrir públicamente los interrogantes sobre la continuidad del oficio.
El reconocimiento social retroalimenta también el reconocimiento económico, traduciéndose en mejores precios y mejores condiciones para las artesanas, por ejemplo en el acceso a una pensión por vejez: “Reconozcámosle esa labor de toda la vida. Que se les reconozca como mérito, fue su trabajo de toda la vida. Son dignas de tener su pensión” (Yuranis Oliveros Pérez, entrevista, 2026). Esta demanda dialoga con el espíritu de la Convención de la UNESCO para la Salvaguardia del Patrimonio Cultural Inmaterial, que entiende la salvaguardia no como la simple preservación de una técnica, sino como las condiciones de vida dignas de quienes la sostienen.
El reconocimiento social y el económico se cruzan también en la sostenibilidad de la Escuela, que hoy depende de recursos externos otorgados por El Árbol del Magnolio, aunque el horizonte es la autonomía pedagógica y comercial: “Queremos que esa comunidad sea reconocida de verdad por su saber y porque lo hacen bien. Y que después ya ellos tengan capacidad de autogestionarse, de ser ellos, a ver cómo crean su modelo de negocio” (Ani Meza, entrevista, 2026). Esta sostenibilidad exige también diversificar los liderazgos.
Yuranis lo plantea sin rodeos: “Que si algún día ya no está Yuranis, están ellas, están ellos, para seguir resguardando esta tradición, para que no se nos pierda porque es nuestro patrimonio, es nuestra esencia, es lo que nos dio de comer” (Yuranis Olivero Pérez, entrevista, 2026). Vale la pena extender esta pregunta a otras regiones: ¿cómo generan relevo de liderazgo las estrategias de afrontamiento -escuelas, cooperativas- que hoy dependen de un liderazgo visible y singular?
A largo plazo es necesario pensar también en el rol del Estado: hasta el momento, las iniciativas de formación, divulgación y comercialización han sido autogestionadas por la comunidad o por artistas en residencia, y tratándose de un saber patrimonial en riesgo cabe preguntarse dónde está el Estado para proteger estos intereses colectivos. Yuranis sueña con una Casa de la Cultura para la región: “Sabes que es mi sueño, un día más adelante, que Juana Sánchez tenga una casa de la cultura, donde vengan visitantes y cada uno encuentre un pedacito de ese Juana Sánchez.” No desconozco que han existido iniciativas puntuales apoyadas gubernamentalmente, como la Feria Formativa y Artesanal, impulsada por la Fundación Lorenzo Poveda Ramos con fondos del Ministerio de las Culturas, las Artes y los Saberes.
En esa misma línea, las tinajeras han establecido alianzas para comercializar sus piezas con marcas como el propio Árbol del Magnolio, a través de su línea Magnolio en Casa, o Marca Bolívar, un proyecto de la Gobernación de Bolívar que conecta a los artesanos con marcas locales e internacionales. Estas alianzas se fundamentan no solo en una relación comercial, sino en una apropiación social del patrimonio y de la red de relaciones que le dio vida al objeto: “que cuando la gente esté alrededor de esa comida, piensen que eso lo hicieron personas, que es hecho a mano y que cada plato es único. Pasan por un oficio de personas que se sientan alrededor de eso” (Ani Meza, entrevista, 2026). El trabajo artesanal, en ese sentido, se resiste a una valoración puramente mercantil: su precio justo no puede desligarse de las relaciones patrimoniales que se construyen junto con él.
Finalmente, frente a la apuesta pedagógica, resalto la dimensión no sólo artística sino socioambiental de la Escuela: crear y aprender en diálogo con el contexto. Esto resulta especialmente importante en medio del auge de la minería, y en el ejercicio de un oficio que trabaja directamente con el aire, el fuego, la tierra y el agua. En esta línea, la Escuela busca también que los niños y niñas aprendan sobre las especies vegetales de su ecosistema, a través de una huerta y de expediciones botánicas con botánicos invitados como Álvaro Cogollo. Esto les permite saber, por ejemplo, qué madera usar en las quemas de las piezas y cómo proteger el barro del uso de mercurio en sus cuencas hidrográficas. Así lo describe Yuranis: “Hicimos caminatas, nos mostró un poquito más de la naturaleza y el bosque seco que tenemos, y nos dio a entender el valor de recuperarlo, porque nosotros quemamos con leña” (Yuranis Oliveros Pérez, entrevista, 2026).
No obstante, este vínculo territorial que se fortalece entre quienes practican el oficio y habitan la región entra en contrapeso con la tala indiscriminada de los mineros, que llegan de manera ocasional para construir túneles de exploración y quemar sus crisoles. Los miembros de la comunidad cuentan cómo especies animales desplazadas de espacios talados han empezado a llegar al centro poblado, en una situación de vulnerabilidad que ha obligado a llamar a las autoridades ambientales.
¿Qué hay que cuidar para proteger el oficio?
Respuestas de El Árbol Creativo de los niños y niñas de la Escuela del Barro

Hay que nombrar la necesidad de proteger el oficio, pero antes de eso, hay que verla. A continuación, presento el trabajo que realizamos colaborativamente con los niños y niñas de la Escuela del Barro, pensado precisamente para poner en el centro esa mirada de quienes hoy se forman para ser guardianes del oficio.
Con ellos y ellas creamos varias imágenes, además de las que ya he citado hasta el momento, que tuvieron como eje principal la pregunta “¿qué es importante cuidar para proteger el oficio del barro?” -una pregunta sencilla que abrió respuestas profundas sobre sus maestras, sus legados y la red socioecológica que lo sostiene. Con base en esas respuestas, construimos un primer diseño de exposición que ellos mismos decidieron llamar “El Árbol Creativo de los niños y niñas de la Escuela del Barro”, compuesto por textos cortos creados junto con ellos y con Yuranis, además de fotografías y pinturas hechas en un taller intergeneracional que facilité junto con Luis Arévalo, pintor de la Depresión Momposina, a quien conocí durante mi primera residencia en 2025 y quien, a pesar de vivir a un río de distancia, quedó admirado ante un saber de las maestras tinajeras que hasta entonces desconocía. Invitarlo fue también una forma de tejer nuevos nodos de colaboración con un artista local.
Ante esta primera pregunta llegaron, tanto en los ejercicios de creación fotográfica como en los de cartografía social, los retratos de las maestras tinajeras, respondiendo no solo qué hay que cuidar, sino a quién hay que cuidar.
Las siguientes piezas, creadas por los niños y niñas de la Escuela del Barro en 2026, responden esa misma pregunta:
















Con la cámara, pintura y algunas impresiones los niños y niñas crearon este ensayo fotográfico que revela que proteger un oficio exige cuidar simultáneamente a quienes lo saben hacer, a las prácticas que lo sostienen y al territorio que lo hace posible. Quienes hoy dan vida a la Escuela del Barro honraron así el oficio de sus abuelas y maestras, sus herramientas tradicionales y aquellos conocimientos que habitan en sus cuerpos. Al mismo tiempo, revelaron la profunda naturaleza relacional de aquello que hoy se ve afectado por la explotación minera: el agua, el barro, los árboles y a las personas que dependen de ellos.
*Este artículo hace parte de la investigación doctoral “Múltiples miradas a las interrelaciones entre la guerra y los oficios artesanales en Colombia. a/r/t/ografías visuales colaborativas con tres comunidades” del doctorado en Artes y Educación de la Universidad de Granada.



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