¿Cómo aprende un niño lo que todavía no puede decir con palabras?

Hay una pregunta que me persigue desde que empecé a dar clases: ¿cómo puedo enseñarle a alguien que no puede expresar lo que siente? Con los niños esto es común y más con el arte, a temprana edad suelen frustrarse, enojarse, compararse con otros niños etc, cualquiera que haya hecho algo artístico con ellos sabe de qué hablo, y dependiendo de la edad estos no pueden ni siquiera entender qué están sintiendo.
El filósofo Michael Polanyi hace más de medio siglo. En The Tacit Dimension (1966) escribió que "sabemos más de lo que podemos decir" una frase que cuando inicie en la cerámica la relacione inmediatamente, los conocimientos o las explicaciones pueden ser muy ambiguos, “pula con fuerza pero no lo rompa” “humedezca pero no se pase”, y por más que repitamos siguen cometiendo los mismos errores pero con el tiempo la persona solo lo aprende cuando sus manos lo sienten. Polanyi llamó a esto “conocimiento tácito”: un saber que no se transmite por instrucción sino por experiencia directa, algo que nuestro cuerpo aprende a utilizar sin saber muy bien como, la memoria muscular.
Con los niños esto es importante, ya que no es solo que no puedan ponerlo en palabras, a veces ni siquiera cuentan con el lenguaje adulto para procesar lo que sienten. El psiquiatra Daniel J. Siegel explica que en los primeros años de vida predomina el "cerebro inferior", una estructura más impulsiva que racional: cuando un niño siente rabia o tristeza, todavía no tiene las herramientas para organizar esa emoción en palabras. Es por eso que su cuerpo busca entenderlo y comunicarlo de la forma que si sabe, pataletas, lloros, gritos. las emociones existen ANTES que el lenguaje verbal
Donald Winnicott, en Playing and Reality (1971), le dio un lugar a ese "antes": lo llamó espacio transicional, un territorio intermedio entre el mundo interno y la realidad externa donde el juego y la creación permiten explorar lo que todavía no se puede gestionar del todo. Ahí aparece el objeto transicional, un objeto que actúa como puente entre su propia realidad y la realidad externa, es una ayuda mientras explora y aprende sin perder aquella seguridad, estos objetos pueden ser una manta, un peluche, un juguete etc, y consideró que la arcilla puede ocupar ese lugar en la vida del infante, pues en su exploración va experimentar emociones difíciles que todavía no sabe representar verbalmente. Y al tocar, amasar, deformar, destruir y reconstruir la arcilla, puede de alguna forma llevar aquello de su realidad interior, al mundo tangible. Recibe la proyección emocional del niño tal cual. Para que esto funcione, eso sí, hace falta un espacio libre de juicio.

El taller no se aprende solo
Ahora, decir que todo esto ocurre por experiencia directa también sería quedarse corto. El psicólogo David A. Kolb, en Experiential Learning (1984), plantea que el aprendizaje arranca en la experiencia concreta, pero no se agota ahí: necesita reflexión sobre lo vivido para convertirse en comprensión. En adultos este ciclo suele ser consciente. En la primera infancia, en cambio, el niño no llega a la arcilla con intención de reflexionar ni de aprender llega con curiosidad, Ahí, la experiencia no es el inicio del aprendizaje: es el aprendizaje mismo.
Pero además, y esto lo aprendí en carne propia dando clases, nadie aprende cerámica completamente solo en su rincón. Lev Vygotsky, con su idea de Zona de Desarrollo Próximo, insiste en que buena parte del aprendizaje ocurre en relación con otros: el acompañamiento de un adulto, la mirada de otro niño resolviendo un error, el simple hecho de estar en un espacio colectivo. El conocimiento no se construye aislado, se construye compartido.
Aunque hemos hablado de primera infancia y como estos aún luchan por comprender el mundo externo e interno, la verdad es que en adultos aún se ven ciertas actitudes como desconocimiento de sus sentimientos, comparación, enojo. El problema es que con los niños esto se muestra sin ningún filtro, con el tiempo y a medida que crecemos nos condicionamos más a la sociedad y tememos mucho más al fracaso, al error o a ser juzgados de manera general, los adultos aprendieron a disimular la frustración. Es por eso que un acercamiento a la primera infancia no es un tema muy diferente, es observar el mismo problema con muchos menos obstáculos, pues los mismos materiales, e incluso algunas formas de aprendizaje se comparten.
Al compartir ciertas características, con estos conocimientos podemos realizar un taller para adultos donde observaremos como la teoría se convierte en práctica si llevamos las mismas medidas, como un espacio seguro, conocimiento colectivo y aprovechando el conocimiento tácito.
Lo que pasó en el Jardín Botánico

Cuando dicté un taller de cerámica en el Jardín Botánico de la Universidad Tecnológica de Pereira, como parte de mi práctica docente. El lugar rodeado de naturaleza todo el tiempo terminó siendo bastante inspirador para mi y mis estudiantes, tanto, que sus obras reflejaban aquella influencia.
Tengo que decir que la población eran adultas mayores de una comunidad rural. El taller empezó por lo básico (amasado, tipos de pasta, técnicas elementales) y las participantes hicieron piezas pequeñas: collares, aretes, imanes, algo que se pudieran llevar desde el primer día. y segun Kolb, el aprendizaje empezó justo ahí, en el contacto directo, en el error, en la corrección, en la satisfacción de reconocer algo hecho por uno mismo.
Creando el plan de aula del taller considerábamos correcto que en algún punto pudieran empezar y terminar con una obra elaborada, algo de un tamaño considerable y guiarlas en su construcción, pero el grupo rechazó la propuesta. Llegaban con ganas de empezar algo distinto cada sesión, y sostener el plan original habría significado ignorar lo que el grupo mismo nos estaba pidiendo como docentes.
Así que lo cambiamos: construimos entre todas una maceta grande, como gesto de agradecimiento al jardín que nos había prestado el espacio. La respuesta fue muy positiva, se organizaron, debatieron tamaño, forma, decoración inspirada en la flora del lugar. Lo que había sido individual se volvió colectivo. Vygotsky: el aprendizaje dejó de vivir solo entre persona y material, y empezó a vivir también entre comunidad.
Y luego estuvo Doña Blanca. La mayor de todas, entre sesenta y ochenta años, sin haber tocado arcilla antes en su vida. Desde las primeras sesiones hacía cosas que, para nosotros como ceramistas, parecían técnicamente imposibles: bruñó una pieza en estado hueso con un desbastador una herramienta hecha para cortar, no para pulir y armó un recipiente para su fogón de gas, el cual era funcional sin haber pasado por la cocción en el horno, en ese estado la pieza es tan frágil que cualquier cambio brusco de temperatura o humedad la habría partido. Mi compañera y yo la mirábamos con mucha admiración

Polanyi decía que sabemos más de lo que podemos decir. Doña Blanca mostraba que el cuerpo puede saber cosas que ni la técnica ni el lenguaje alcanzan a explicar del todo. Su relación con la arcilla no venía de años de practica, nuevamente, era la primera vez desde su niñez que trabajaba con arcilla, sino probablemente de décadas de trabajo manual acumulado en otra parte de su vida. El material le era familiar antes de haberlo tocado conscientemente, hablando con ella, nos comentó que pasó toda su vida amasando masa para hacer arepas.
No todo el mundo aprendió de la misma manera, claro. Una participante necesitaba instrucción constante para decidir cualquier cosa sobre su pieza, evitaba experimentar sola. Pero no faltó a una sola sesión. Eso me hizo entender que la participación no siempre se ve como iniciativa o autonomía: a veces, simplemente estar en un espacio seguro y sin juicio ya es una forma de involucrarse. Winnicott: el taller empezaba a funcionar como ese espacio donde se puede explorar y poco a poco perder el miedo al error
El cuerpo, además, puso límites que no estaban en consideración. Algunas participantes manifestaban dolor articular al amasar, sobre todo por el esfuerzo que exige la arcilla cruda. Tocó adaptar materiales, cambiar ritmos, buscar soluciones más accesibles. Como docente, esto me dejó algo que no había considerado: el aprendizaje no depende solo de las ganas de quién participa. El cuerpo también tiene sus propios límites, y esos límites son parte de la experiencia, no un obstáculo externo a ella.
Algunos ejercicios que podemos poner en práctica
Pensando en ayudar o dar ideas de algunos ejercicios que se me ocurren y propongo utilizando los conocimientos y aprendizajes anteriormente hablados, y que podrían funcionar tanto para romper el hielo en una sesión como para ahondar más en el mundo interior de un niño o un adulto son los siguiente:

EJERCICIO # 1
● Cuando tenemos a nuestro cuidado a un infante que siente algo y ni siquiera sabe identificarlo bien, mucho menos expresarlo en la arcilla, ahí es donde nuestro papel de guía tiene que aparecer. No para decirle qué siente, sino para ir construyendo con él, a través de preguntas, la figura o la forma que esa emoción tiene según su propia perspectiva. Estas preguntas deben ser simples, cosas como:
- ¿Es una forma puntiaguda o redonda?
- ¿Pesada o liviana?
- ¿Tiene huecos, grietas, está apretada?
Estas preguntas son solo una guía, pero las respuestas van tomando forma, y sin que el niño se dé cuenta del todo, va haciendo catarsis de lo que siente mientras crea.
EJERCICIO # 2
Este ejercicio está pensado para esos momentos en que nos confundimos por sentir dos cosas completamente opuestas al mismo tiempo, es dividir el material en dos. Primero nos centramos en uno de los sentimientos si es tristeza por ejemplo, podemos darle forma siguiendo las preguntas anteriores, y una vez que ese sentimiento está "listo", hacemos lo mismo con el otro. Después juntamos ambas formas de una manera que casi parezca simbiótica. A mi parecer, si buscamos que la pieza tenga un toque funcional, es importante que el niño pueda quedarse con su creación y sepa que no hay nada de qué avergonzarse en lo que hizo.
EJERCICIO # 3
Un ejercicio igual de interesante es crear junto con la persona un pequeño cuenco, algo como un cofre de los secretos. Ahí podemos meter esos secretos, miedos o inseguridades, en forma de un dibujo, una carta, una foto, una frase, lo que sea. Después sellamos el cuenco, solo si el niño se siente listo para cerrarlo, y al llevarlo al horno, todos esos miedos se van, o quedan sellados para siempre. Una forma un poco poética de ir soltando lo que nos preocupa.
Hay cosas que considero muy importantes al momento de hacer estos ejercicios. Nunca debemos juzgar ni menospreciar los sentimientos de otra persona, sea un niño o un adulto. Nunca debemos obligar a nadie a contar o compartir algo si no quiere. Y nunca dar nada por sentado: muchas veces, como adultos, tendemos a creer que lo sabemos todo, y caemos en decir cosas como "esto significa que estás triste porque…".
Dejar que ellos mismos lleguen a sus propias conclusiones es importante, hay que recordar que no somos psicólogos. Otra cosa que no debe faltar es un ritual al finalizar la sesión: algo sencillo, como lavarse las manos, recoger los materiales, compartir una pequeña merienda. Algo que el cerebro pueda leer como un cierre, para que puedan sentir que ahí sueltan lo que los afecta.



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