SIEMBRO Y COSECHO BARRO

Hay una conversación entre el entorno y mi existencia sucediendo todo el tiempo, de la cual ni siquiera me había enterado que hacía parte. Hoy en día, ensimismados, el clima es solo una trivialidad. Alejarme del contexto urbano, donde las estaciones se notan en las vitrinas antes que en los árboles, para trabajar en el campo con arcillas silvestres me obligó a reconsiderar mi ser amaestrado por un sistema que me ofrecía la garantía de un supermercado con las mismas verduras disponibles todo el año y una arcilla empaquetada con instructivo que, si seguía al pie de la letra, nada podía salir mal.
De la pasta y la maceta directamente a la tierra, naturalmente llegué al jardín.

Empecé cultivando aromáticas y terminé cosechando la atención. Influenciada por la comunidad que me rodeaba, donde decir orgánico era una redundancia, empecé a guardar mis propias semillas antes de comprarlas con código de barras. Para mi sorpresa, todos los chiles brotaron. La garantía industrial reduce la incertidumbre, pero también puede reducir la presencia, la curiosidad y el asombro.
Las certezas me apegan al resultado y me sacan del proceso. La arcilla silvestre me devuelve variables que antes no tenía que considerar: el origen, las estaciones, la lluvia, mi cuerpo, el fuego.
Me hace involucrarme con el entorno, me conecta con la naturaleza —mi naturaleza—, no en el sentido cursi y caricaturesco, sino al ver de frente la crueldad de un exceso de comodidad.
Cuando la frustración me acaparaba en el taller, al llegar con tierras limosas por desconocimiento o cuando se me derretía una pieza por subirla demasiado rápido en un día húmedo, mejor me iba a escarbar. No eran las mariposas las que me calmaban cuando estaba en el huerto, sino la posibilidad de hacer sin expectativas, de dejar que la naturaleza respondiera por sí sola.
Noté que en la noche los frijoles se enredaban en los palos que les había dejado. Que la fresa revivía horas después de haberle echado agua. Estábamos hablando sin palabras. Estaba escuchando antes de entender que había una conversación. ¿Qué cambiaba si trataba al barro como a mi jardín, libre de exigencias? La fatiga de las decisiones infinitas se redujo a las posibilidades del instante.


Alejarme de los resultados no fue una cuestión poética sino honesta. Sin un relevo generacional dedicado a la alfarería en esta región, me tocaba descubrir de cero qué tenía al alcance de mis manos en este territorio y cómo me movía yo en él.
En un principio pretendía hacer una jarra para contener agua. Después de la quema, su
inutilidad me llevó a construir chimeneas.
Alejarme del propósito me acercó al camino y al momento presente. Las expectativas se vuelven pequeñas frente a la grandeza de lo que ya está sucediendo.
No se trata del objeto sino de entrar en relación.


Muy hermoso! Creo que como artistas siempre estamos en una constante dualidad entre aferrarnos al resultado ( que a veces va unido a nuestro ego) y dejar fluir, sin un apego a que puede salir como consecuencia de ello pero que seguro nos llevará a un disfrute del momento presente sin pensar en un futuro, que al final es lo único que importa y existe.