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BARRO AZUL
Y EL LLAMADO
DEL FUEGO

Vaúpes
Mitú

Por 
Violeta

Llegar al Vaupés es abrir los ojos a un horizonte de verdes que no se agotan, a una luz que no sólo ilumina sino que abraza. El aire es denso y vivo; el sol cae con una fuerza que no hiere, sino que revela. Allí, donde la selva respira con sonido propio, el río avanza como una serpiente marrón, apacible en su superficie y poderosa en su interior. Es espejo y es camino, es alimento y es relato. En sus orillas habita el pueblo Cubeo, cuya lengua suena como agua entre piedras y cuya cerámica nace del mismo pulso del territorio.

Llegar hasta allí ya es parte de la experiencia. Desde Bogotá tomamos una avioneta rumbo a Mitú, capital del departamento del Vaupés, en el suroriente colombiano. No existen carreteras que conecten este territorio con el resto del país: al Vaupés sólo se puede llegar por aire o después de muchos días de trayecto en barco, remontando ríos interminables. Desde la ventana del avión el paisaje comienza a transformarse lentamente; las montañas desaparecen y la selva empieza a extenderse como un manto infinito. Entonces, entre la espesura, el río aparece abriéndose paso como un preludio de la aventura, dibujando venas oscuras sobre el verde profundo de la Amazonía.

El Vaupés está marcado por el ritmo del agua. Enero trae el verano y deja ver playas de arena clara a la orilla del río; hacia mitad de año llegan las lluvias y el territorio cambia de forma, creciendo y respirando con más fuerza. Aquí, hombres y mujeres del agua viven alrededor del río: navegan, pescan, lavan, conversan y transmiten historias siguiendo su corriente. Todo sucede en relación con él.

"El río organiza el tiempo, el movimiento y la memoria. Y también el barro, que surge de estas mismas orillas, guarda la huella de una manera de habitar profundamente conectada con la selva"

EL PUEBLO CUBEO

Sus habitantes, miembros de la comunidad Cubeo, son hombres y mujeres trabajadores, profundamente relacionados con el río y con la selva que los rodea. En el Vaupés, la vida transcurre al ritmo del agua: navegar, pescar, cocinar, sembrar, tejer y moldear el barro son acciones que nacen de una relación íntima con el territorio. Son personas llenas de alegría, hospitalidad y orgullo por reconocerse como hijos de la gran serpiente ancestral, el güío progenitor, cuya memoria sigue viva en los relatos, los cantos y las prácticas cotidianas.

Para el pueblo Cubeo, el río no es solamente una vía o un recurso: es origen, camino y pensamiento. Según sus narraciones de origen, la anaconda-canoa recorrió los grandes ríos amazónicos distribuyendo a los pueblos y otorgándoles territorio, lengua y conocimiento. De ese viaje ancestral nació también el barro azul, considerado el excremento del güío, una materia viva cargada de memoria y poder espiritual.(1)

La comunidad Cubeo mantiene una relación profunda con la tierra y con los materiales que emergen de ella. El barro no es entendido como un elemento inerte, sino como un ser vivo que participa en la creación del mundo y en la transmisión de conocimiento. Las mujeres, guiadas por enseñanzas heredadas de las abuelas, amasan y modelan la arcilla con las manos y los pies, mientras los payés acompañan el proceso con rezos, pinturas de carayurú y cuidados espirituales. Cada tinaja, olla o plato contiene historias del territorio y formas de comprender la vida.(1)

En las malokas y comunidades del Vaupés persiste un conocimiento transmitido de generación en generación, donde humanos, animales, plantas, ríos y barro forman parte de un mismo tejido. Las pinturas sobre la cerámica evocan alas de mariposa, pieles de animales, raudales y figuras de la selva; son rastros de una memoria colectiva que une el cuerpo con el paisaje.

Ser Cubeo es habitar la selva desde la reciprocidad. Es comprender que el territorio no se posee, sino que se cuida y se escucha. En sus prácticas cotidianas sobreviven formas ancestrales de relación con la Tierra, donde el trabajo manual, la espiritualidad y la vida comunitaria continúan dando forma a un mundo tejido desde el río, el barro y la memoria.(1)

HACER CERÁMICA

Del fondo del río emerge el barro azul, un sedimento antiguo que brilla bajo capas de otros colores terrosos. No es un azul evidente, sino profundo, casi secreto, como si guardara la memoria mineral de la selva. Su tonalidad proviene de la presencia de hierro en estados reducidos y de la finura extrema de sus partículas, comprimidas durante siglos en ambientes pobres en oxígeno. Cuando está húmeda, esta arcilla tiene un brillo suave, casi metálico; cuando se toma entre las manos, revela su mayor virtud: una plasticidad generosa que permite doblarla, enrollarla, estirarla sin que se fracture. Pero esa misma plasticidad encierra un riesgo: demasiada contracción al secar, demasiada tensión al enfrentarse al fuego.

Por eso, el conocimiento técnico de las/los maestros cubeo no comienza en el modelado, sino en la preparación de la materia. A la arcilla azul se le incorpora la ceniza de la corteza del llamado árbol de cemento, previamente quemada y molida hasta volverse un polvo fino, fuerte y mineral. Esta ceniza actúa como desgrasante: interrumpe la continuidad excesiva de las partículas arcillosas, reduce la contracción durante el secado y distribuye mejor el calor en la quema. La mezcla no es arbitraria; es fruto de generaciones de ensayo y memoria. Cuando la ceniza se integra, la pasta se vuelve más estable, más resistente, capaz de atravesar la transformación térmica sin quebrarse. El azul comienza entonces a apagarse, muta hacia un gris sobrio mientras las manos amasan, presionan y pliegan.

"El brillo inicial se diluye, pero en esa pérdida nace la posibilidad de permanencia."

La construcción de las piezas no recurre al torno alfarero ni a mecanismos ajenos a su entorno. Se levantan mediante rollos, espirales de arcilla que crecen lentamente desde una base circular. Cada “chorizo” se coloca sobre el anterior y se integra con presión firme, borrando la línea que los separa hasta que el muro parece continuo. Es un crecimiento orgánico, como el de un tronco que se ensancha con el tiempo. La uniformidad del espesor no es solo una cuestión estética: es una condición estructural. Un muro demasiado grueso retiene humedad; uno demasiado fino se debilita ante el calor. Las manos saben medir sin regla, corregir sin cálculo escrito. Totumas y herramientas nacidas de la relación íntima con la selva ayudan a alisar y a dar forma, prolongaciones naturales del cuerpo.

Cuando la pieza adquiere su forma definitiva, comienza el bruñido, una labor silenciosa y paciente. Con una piedra pulida o una semilla dura se frota la superficie una y otra vez, compactando las partículas más externas. No es un gesto decorativo; es una operación técnica precisa. Al comprimir la capa superficial, se cierran los poros, se reduce la permeabilidad y se prepara la pieza para el humo que vendrá después. El brillo aparece como señal de que el poro se ha sellado, como si la arcilla respondiera con luz al esfuerzo constante. Ese brillo será esencial para que el carbono del ahumado se fije y genere el negro profundo que caracteriza estas cerámicas.

El secado es una espera atenta. La pieza debe perder su humedad de manera lenta y uniforme. Un secado apresurado puede provocar grietas invisibles que se abrirán en el horno. La arcilla atraviesa estados: primero blanda, luego cuero, finalmente seca al tacto y al oído. Solo entonces está lista para enfrentarse al fuego.

SOSTENER EL FUEGO

La quema tiene lugar en un horno de botella que se carga con cuidado, dejando espacios para que el calor circule. El proceso comienza con un caldeo prolongado y suave, destinado a eliminar cualquier resto de agua física atrapada en la estructura. Este primer tramo es decisivo: un aumento brusco de temperatura podría generar vapor interno y fracturar la pieza. Poco a poco el fuego se intensifica; la temperatura asciende y las transformaciones químicas se suceden en silencio. La materia orgánica residual se consume, los minerales cambian de estado, y las partículas de arcilla inician la sinterización, ese proceso en el que comienzan a fusionarse sin llegar a fundirse por completo. Cuando la llama asoma por la chimenea, anuncia que la transformación es irreversible: el barro deja de ser barro y se convierte en cerámica

Sostener el fuego exige cuerpo y resistencia. El calor golpea el rostro, el humo irrita los ojos, las horas pesan. Pero es allí, en esa vigilia ardiente, donde se comprende la dimensión real del oficio. El control de la atmósfera —más oxígeno o menos— determinará si las superficies viran hacia tonos rojizos o hacia grises y negros profundos. Cada decisión influye en el resultado final.

Después llega el ahumado. Las piezas, ya cocidas, se bañan en un extracto vegetal que ayuda a sellar y preparar la superficie. Luego se introducen en un ambiente cargado de humo y con escasa oxigenación. El carbono liberado por la combustión penetra en los poros previamente cerrados por el bruñido y se fija en la superficie, tiñéndola de un negro intenso y brillante. No es pintura ni esmalte; es química y paciencia, es el diálogo entre materia compactada y atmósfera reductora.

En la mesa, la yuca se hace casabe y farinha, recordando que el territorio alimenta de múltiples formas. En la cosmovisión cubeo, el barro tiene origen sagrado, vinculado a la anaconda, creadora del mundo. Así, cada pieza no es sólo un contenedor: es relato solidificado. Hacer cerámica allí es aceptar una sinergia entre viento, agua, barro y fuego; es entender que el tiempo no se mide en minutos, sino en transformaciones.

"Del Vaupés uno no se lleva únicamente objetos. Se lleva el recuerdo del río como corazón palpitante, el eco de la lengua cubeo resonando entre árboles, el cansancio dulce de sostener el fuego hasta que la llama confirma que la materia ha cambiado para siempre. Se lleva barro en las uñas y humo en la memoria. Y sobre todo, la certeza de que el fuego, cuando se aprende a escucharlo, permanece encendido por dentro."**

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**Este artículo nace de mi experiencia en el Vaupés, un territorio que se abrió ante nosotros como un espacio de encuentro profundo con la selva, el río, el barro y la memoria. Llegamos allí gracias a las residencias Encauzadas, organizadas amorosamente por Camila Pacheco, de Fundación Mambe, y María Cano, de Salvaje, quienes guiaron esta semana de camino, escucha y aprendizaje con una sensibilidad inmensa.

Nada de esta experiencia habría sido posible sin Rodri y Luci, líderes de la comunidad, quienes con su sabiduría, fortaleza y orgullo han revitalizado los procesos cerámicos en este territorio, manteniendo viva una tradición que une a las personas con el río, el barro y la historia de sus ancestros. Su generosidad al compartir el conocimiento, las historias y el cotidiano de la comunidad convirtió cada día en una oportunidad para comprender otras formas de habitar el mundo.

Gracias también a todas las personas que hicieron parte de este viaje y del tejido colectivo que se formó en medio de la selva: por las conversaciones, los silencios, el cuidado y el asombro compartido. Esta experiencia fue un portal mágico hacia el encuentro, la tradición y la sensibilidad; una posibilidad de acercarnos a la Tierra desde la escucha y el respeto.

Gracias a la selva, inmensa y viva, por permitirnos habitarla por un instante y aprender de sus pueblos, de sus aguas y de las memorias que aún laten en el barro.

(1) Ser barro, hacer mundo: prácticas cerámicas cubeo y correspondencias multiespecies con el suelo vivo* María Camila Montalvo-Senior

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